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jueves, 13 de febrero de 2014

El toldo rojo de Bolonia

Hay libros, hay autores, que no solo me hacen disfrutar cuando leo, sino que pueblan mi imaginación, me hacen pensar, cambian mi manera de percibir la realidad, me ayudan a mirar... Uno de esos autores es John Berger. Hay días en los que me gustaría acercarme y darle las gracias, tengo tanto que agradecerle... Hoy le agradezco El toldo rojo de Bolonia, un texto hermosísimo publicado por Abada Editores. Con él paseo por Bolonia, conozco a su tío Edgar, imagino el sabor de un café y el tacto de una pieza de lona roja, se acrecienta mi curiosidad. Pero además de lo obvio, el libro me hace pensar acerca de escuchar, de los pequeños placeres de la vida, de las pasiones. Algún día iré a Bolonia, me digo. No sé si me gustará, pero sé que iré a ver la obra de Morandi, pasearé por los soportales, me sentaré en los escalones de la Basilica de San Petronio, y estaré allí, dando un paseo,  porque antes estuve de la mano de Berger. Hay libros que son un paseo y que invitan a pasear. El toldo rojo de Bolonia es uno de esos libros.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Berger. Aquí nos vemos

Mirad esta foto. Un hombre hermoso que mira.
A veces, un libro es una conversación.
Yo he tenido una con el hombre de la foto. Él habla. Me habla.

Lo esencial. Recordar el sabor, el color, la textura de algunas frutas. (Un descubrimiento: el melón tiene en su sabor algo de luz y algo de oscuridad. Es verdad) Pasear por los mercados. La receta de una sopa. Encuentros con los vivos y los muertos. Los lugares y nuestro vínculo con ellos. Mirar. Moverse. Los otros como geografía. Nuestra vida como una geografía de cuerpos. (A veces, alguien es toda una geografía. Bueno, quizá todos los cuerpos explorados, deseados, lo son) Los lugares son los sitios donde están y se mueven los cuerpos (y su recuerdo). Lisboa, Ginebra, Cracovia, Londres, Madrid...
Y siempre, lo esencial, lo primitivo, lo sencillo, aquello que nos hace ser quienes somos. Aquello de lo que no podemos prescindir. Los encuentros que nos hacen ser quienes somos.  Borges. (Releer el capítulo de las frutas, qué hermoso. Sí, probé las ciruelas damascenas y chupé el humo de su piel).
Una conversación espléndida, eso es "Aquí nos vemos", de John Berger.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Viajar

Nos encontramos a Josefa triste porque ya se acaban el buen tiempo y las vacaciones. El Buraquiño, su restaurante, está a la orilla de una carretera no muy transitada en la península del Morrazo. Le comento que se aburrirá en invierno. Y me contesta que aburrirse no, que con las labores de la finca no tiene tiempo de aburrirse. Tienen vides. La conversación se interrumpe y entonces me doy cuenta de que su tristeza, esa cara de otoño que se le ha puesto, como dice Cristina, tiene que ver con la gente. Con su ausencia. Se van los que vienen de fuera, sus caras y sus noticias. Y sí, necesitamos eso también, noticias de fuera, caras que nos cuenten de otros mundos diferentes de ese al que pertenecemos. Lo que le trae a Josefa el verano no son solo clientes, sino caras e historias. Viaje.
El verano es una buena estación para viajar, invita. Y hay muchas maneras de moverse. Decía Henry Miller que viajar sin moverse del sitio es la mejor manera de hacerlo. La manera de Josefa, por ejemplo. A mí me ayudan los libros. Este verano, dos me han hecho viajar, me han traído noticias de fuera: "Crónicas del sochantre" de Álvaro Cunqueiro y "Aquí nos vemos" de John Berger. Cunqueiro y Berger me encantan, me seducen. En esta ocasión, por una de esas casualidades que tiene a veces la vida, los dos me ofrecen como cicerones a muertos. Ahora que lo pienso ¿qué mejores guías podríamos desear? En ambos libros han sido cicerones divertidos y tiernos que me han mostrado mundos ajenos, lejanos. Y que seguían teniendo esa necesidad que tenemos los vivos de contar historias, su historia, de hablar acerca de la vida. Quizá ellos más aun que nosotros, pues lo único que les queda es precisamente eso: su historia. ¿Tendrán los muertos un restaurante como el Buraquiño donde alguien tenga la cortesía de darles conversación y escucharles? ¿Pasará por la orilla del camino donde esté el restaurante la carroza donde iba madame Clarina de Saint-Vaas? ¿Ken y el verdugo de Nancy tendrían algo de qué hablar?

martes, 18 de enero de 2011

Acercarse

Dice Berger en “Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos” que los cuadros de Van Gogh no esperan recibir, sino que salen al encuentro. Que el pintor se había impuesto estar cada vez más cerca de la realidad y sus pinturas son una invitación a acercarse.  
“Una pintura tras otra son un modo de decir, asombrado, pero con cierto desasosiego: ¡atrévete a acercarte hasta aquí!”
Ver un cuadro de Van Gogh es, a menudo, sumergirte. Sentir la sombra, la palpitación y hasta la temperatura en el “Sotobosque”; estar contenta y protegida en el mundo ordenado de una habitación en “La habitación de Van Gogh en Arles” o caminar tranquila bordeando la iglesia de Auvers, un edificio sin aristas que acoge no sólo tu mirada, sino que te recibe entera, amorosamente en “La iglesia de Auvers-sur-Oise”. Lo que yo siento frente a Van Gogh, más que frente a ningún otro pintor, es algo que se parece a la entrega amorosa. Siento que él ama al mundo. Su amor es enorme, me sobrecoge. Y desde ese lugar amoroso me pide que sus pinturas sean contempladas. Van Gogh me dice “Mira esto, ¿no es hermoso? Por favor, quiérelo.”
¿Qué es lo que hace a alguien pintar? ¿O escribir? ¿O hacer teatro? ¿O danzar? ¿Qué hay tras esos gestos? La expresión de una emoción, una necesidad de posesión, dar sentido… Berger me da una respuesta. Él habla de encuentro y colaboración. Dice que la pintura es un encuentro entre el pintor y el modelo, que surge del impulso de ir al encuentro. Es, otra vez, acercarse. Berger más adelante escribe que “El amor quiere acortar toda distancia”. Acercarse, acercarse, acercarse.
Entro en el “Sotobosque” de Van Gogh, donde dos árboles se besan. Voy al encuentro. Allí me imagino de la mano de quien amo, sonriente, tranquila. La pintura me recuerda que la felicidad es posible. No promete nada. Me acoge, me invita y me pide, me implora, que lo intente. La pintura me cuenta que, aunque sea por un momento, se puede estar allí.