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martes, 18 de enero de 2011

Acercarse

Dice Berger en “Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos” que los cuadros de Van Gogh no esperan recibir, sino que salen al encuentro. Que el pintor se había impuesto estar cada vez más cerca de la realidad y sus pinturas son una invitación a acercarse.  
“Una pintura tras otra son un modo de decir, asombrado, pero con cierto desasosiego: ¡atrévete a acercarte hasta aquí!”
Ver un cuadro de Van Gogh es, a menudo, sumergirte. Sentir la sombra, la palpitación y hasta la temperatura en el “Sotobosque”; estar contenta y protegida en el mundo ordenado de una habitación en “La habitación de Van Gogh en Arles” o caminar tranquila bordeando la iglesia de Auvers, un edificio sin aristas que acoge no sólo tu mirada, sino que te recibe entera, amorosamente en “La iglesia de Auvers-sur-Oise”. Lo que yo siento frente a Van Gogh, más que frente a ningún otro pintor, es algo que se parece a la entrega amorosa. Siento que él ama al mundo. Su amor es enorme, me sobrecoge. Y desde ese lugar amoroso me pide que sus pinturas sean contempladas. Van Gogh me dice “Mira esto, ¿no es hermoso? Por favor, quiérelo.”
¿Qué es lo que hace a alguien pintar? ¿O escribir? ¿O hacer teatro? ¿O danzar? ¿Qué hay tras esos gestos? La expresión de una emoción, una necesidad de posesión, dar sentido… Berger me da una respuesta. Él habla de encuentro y colaboración. Dice que la pintura es un encuentro entre el pintor y el modelo, que surge del impulso de ir al encuentro. Es, otra vez, acercarse. Berger más adelante escribe que “El amor quiere acortar toda distancia”. Acercarse, acercarse, acercarse.
Entro en el “Sotobosque” de Van Gogh, donde dos árboles se besan. Voy al encuentro. Allí me imagino de la mano de quien amo, sonriente, tranquila. La pintura me recuerda que la felicidad es posible. No promete nada. Me acoge, me invita y me pide, me implora, que lo intente. La pintura me cuenta que, aunque sea por un momento, se puede estar allí.  

domingo, 24 de octubre de 2010

Magia

"¿Crees en la magia?" me preguntó una mujer hace un par de días. Por el tono en el que habló supe que no podía contestarle de cualquier manera o con una broma. Me pareció una pregunta difícil. Salí del paso como pude.
¿Creo en la magia? Pues sí, y no. Depende de aquello a lo que se llame magia. Creo en ella como esa manera que tenemos de comunicarnos con el mundo que nos permite aprehender de inmediato algo, creo en la magia como un acercamiento, un movimiento de la voluntad que nos acerca y nos permite conocer sin que la razón medie. De repente, sabemos. Breton, en un ensayo titulado Sobre el arte mágico cita a Novalis:
"El amor es el principio que hace posible la magia. El amor actúa mágicamente."
Había olvidado lo que me fascinó la lectura de este ensayo hasta hace un par de días. Me doy cuenta de que con el paso del tiempo le he ido cogiendo miedo a la creencia en la magia. Es tan fácil entrar en la locura, perder el contacto con la realidad, actuar como niñas y niños creyendo que con sólo desear fuertemente algo podemos hacerlo posible; es tan fácil llenarse de pequeños ritos y supersticiones, ver en todos lados señales que nos hablan, querer ver el destino en las estrellas.

Buscamos sentido en un mundo desencantado, y esa capacidad para dar orden al caos que nos hace ver formas en el cielo nocturno, que nos permite inventar historias, nos puede conducir tanto a la maravilla como a la locura.
Y sin embargo... Sin embargo, cuando amo el mundo parece responder a mis deseos, tengo el viento a favor, la suerte de cara, y todo actúa mágicamente. Porque en la vida dos más dos no son siempre cuatro. Y hay ventanas, como la del cuadro de Chagall, que dan cuenta de ciertas magias, ciertas posibles magias cotidianas que tienen que ver con una manera de estar, de mirar, con un modo de acercarse.